Es 1988. Verano. Tres de la tarde. Hace mucho calor. Estoy en el dormitorio al final del pasillo. No es la habitacion más fresca, pero si la más tranquila. Estoy tumbado en la cama. La colcha es gruesa, rugosa, de colores ácidos. Estoy leyendo un libro de la Dragonlance. Se me cierran los ojos. Por la ventana escucho a otros niños chapoteando, riendo en una piscina lejana. Debería sorprenderme que se hayan saltado la prohibición de bañarse después de comer, las advertencias de no molestar el sueño de los adultos, del corte de digestión. Pero estoy flotando en el sopor. Al rato, me duermo.
Muchas veces regreso a ese momento. No solo por el verano eterno, perfecto o por la falta de responsabilidades, por la previsibilidad. Como ese, guardo en la memoria otros remansos, aunque no tan definidos, mezclas de recuerdos de 1996, de 2008. Puntos de salvado. No los percibo con nostalgia, sino con cierta pena por no haberlos sabido valorar mejor, por no haber estado más presente en ellos.
Entiendo que no soy el único que acumula momentos así, refugios, lugares a los que querríamos volver. Invertir el flujo del tiempo.
Si, te estoy hablando de Tenet.
En Tenet, el futuro quiere depredar el pasado. No para hacerse con sus recursos, como en “Mozart in Mirrorshades” de Bruce Sterling o en la deliciosa novela YA El pacto de los Sterkarm, sino por desesperación, porque el futuro es colapso. Y su solución es retroceder. Reescribir el tiempo. Eliminar de la existencia a los vivos. Habitar de nuevo un campo abierto, sin límites.
En nuestro mundo, la expresión cultural de esta depredación del pasado es la omnipresencia de la nostalgia. Imperial, racial, industrial. Una nostalgia que es civilizatoria, pero también íntima y personal.
Si a veces regreso a ese verano de 1988 es por la mortalidad. Por pensarme cuando aún no la tenía presente cada minuto.
Esa es la otra idea de Tenet, que Nolan intuyó casi seguro sin saberlo. La que encarna el personaje de Sator: un potentado ruso que está muriendo de cáncer y que ha sincronizado su muerte con el mecanismo que destruirá la línea temporal, con el apocalipsis. Sator se ha aliado con el futuro no porque busque (más) poder o riqueza, sino porque odia el mundo que está a punto de dejar atrás y quiere que termine con él. Sator emplea esa misma lógica de control y posesión con su mujer: si no puedo tenerte, nadie podrá.
Nos aceleramos hacia el desastre por culpa de lideres envejecidos, decrépitos, aterrados por la muerte y la enfermedad, incapaces de imaginar un mundo que les olvidará, que continuará sin ellos.
Putin y Xi hablan de biotecnología y longevidad. Trump nos propone como símbolo de su mandato aquel pingüino del documental de Herzog que abandona la colonia y camina hacia las montañas de la locura, como si lo admirable fuera avanzar hacia la muerte segura. No hay heroísmo, solo autodestrucción, venganza, resentimiento. El rencor hacia los que vivirán de quienes se saben muertos.
Un proyecto político que no busca alcanzar un futuro mejor, sino colonizar el pasado, impedir que exista un futuro sin ti.
A veces me pregunto si en vez de ser un hombre de mediana edad, asustado por su propia mortalidad y por el estado del mundo, que recuerda aquel verano de 1988 sigo en realidad allí, en ese dormitorio al final del pasillo, con un libro de la Dragonlance en el regazo, soñando que soy adulto en un tiempo que parece haber elegido desaparecer.

