Esta semana, otra de vergüenza en la prensa cultural mainstream, se abría con un artículo de The Economist que alertaba contra el socialismo de la Generación Z. El texto presentaba a una nueva hornada de izquierdistas empeñados en controlar precios, poner impuestos a los ricos y nacionalizar industrias. The Economist nos advierte de que, ay, Gaza, la inflación, la vivienda, la IA y la desigualdad han creado una izquierda joven, impaciente y peligrosa. Un socialismo del “yo-primero”.

El articulo es tan absurdo que solo pudo concebirse como carne de discusión y rabia en redes. Solo busca irritar. Definir el socialismo como una ideología del yo es de tenerlos como los del caballo de Espartero. Las demandas de vivienda digna, impuestos a la riqueza y servicios públicos de calidad son colectivas. Eso lo sabe cualquiera. Que esa crítica proceda de una revista que lleva décadas defendiendo un orden económico basado en la propiedad y la herencia no es ni involuntariamente cómico. Hasta el punto de que, tras advertir durante varios párrafos contra la redistribución, el articulo termina proponiendo impuestos, propiedad distribuida del capital y reparto de los beneficios de la inteligencia artificial.

Por si fuera poco, el artículo conmina a los liberales y centristas a que tomen las armas, a que dejen de disculparse y pasen al contraataque. Ninguna reflexión sobre por qué los jóvenes han llegado a semejantes conclusiones. Ninguna reflexión sobre por qué, hace solo unos años, The Economist también salió a avisarnos del socialismo de los milenials. Curioso que un proyecto ideológico que se presenta como el sentido común, como la columna vertebral de la modernidad, necesite tanta llamada de atención, tanta advertencia. Si fuera tan fantástico, al liberalismo no le haría falta publicar una portada de alarma generacional cada vez que los menores de treinta años miran a la izquierda.

Por cierto, la portada sobre el socialismo de la Generación Z era para echarle de comer aparte. Lo codifica como femenino y frívolo. Color lila, pulseras de amistad, pegatinas de móvil, políticos convertidos en carnes de fandom. Ofrece a sus detractores un objeto de indignación. A sus lectores habituales, la elite anglosajona, la satisfacción de sentirse los “adultos en la sala” frente a una generación confundida y caprichosa. Les ofrece un espacio para el paternalismo, para la condescendencia.

Como era de esperar, The Guardian pronto publicó una pieza que se burlaba de la alarma de The Economist. Lo curioso, lo irónico, lo poco casual, es que esa misma semana The Guardian publicaba otro artículo igual de flojo y condescendiente, solo que dedicado a otro objeto de sospecha generacional: el gusto de la Generación Z por el terror.

El artículo de Gwilym Mumford partía del éxito reciente de películas como Backrooms y Obsession, ideadas por jóvenes y brotadas de la cultura de internet. El autor reconocía ser aficionado pero no amante del terror, porque prefiere “una sala llena de risas a una sala llena de gritos” (sic). El problema es que convertía ese gusto personal en una preocupación cultural, generacional. ¿Es sano que el terror domine tanto los estrenos?, se pregunta Gwilym Mumford. ¿No estará expulsando a otros géneros? “¿Realmente queremos que solo haya disponible un único sabor de cine?” (sic 2).

De nuevo, otro artículo tarado. Dejando de lado que el autor no entienda que el terror no es solo sustos y gore, habría que recordarle la cantidad de películas disponibles en un mercado saturadísimo de contenido. ¡Nadie te obliga a ver estas películas, Gwilym Mumford, anda que no tienes opciones! Su apelación a proteger a “los aprensivos” se parece demasiado a los pánicos morales que piden proteger a “los inocentes” de los comics o los videojuegos. The Guardian sabe detectar la condescendencia cuando viene del neoliberalismo, pero no sabe reconocerla en su defensa del buen gusto cultural (adulto).

Hay que reconocer que el diario británico no está solo en esto. El análisis cultural condescendiente sobre el llamado terror de la Generación Z está extendido, combinado a menudo con el asombro. El fenómeno se describe como si fuera un objeto cultural recién aterrizado. Se admira la inteligencia de Kane Parsons, el director de Backrooms, para convertir el folklore de internet en propiedad intelectual propia. Se observa con una mezcla de fascinación y paternalismo que la juventud se vea atraída por el terror analógico pese a no haber experimentado esas tecnologías. Se anticipa que Hollywood intentará monetizarlo sin entenderlo demasiado. Se repite la sorpresa ante unos creadores que dominan muy bien el lenguaje audiovisual, pero también la tendencia a tratarlos como si hubieran encontrado por accidente una veta rara, barata y explotable.

Los artículos de The Economist y The Guardian son sintomáticos de un problema más amplio. Grandes medios publican textos de pobrísimo nivel analítico porque funcionan bien como provocación. El prestigio de la cabecera proporciona respetabilidad a una tesis cuya zafiedad asegura su circulación. La condescendencia gobierna ambos textos.

Pero lo que hacen los jóvenes no es tan misterioso. Responden al mundo que les ha tocado vivir. Es una idea tan obvia que raya en lo cringe. Una generación que ha nacido en medio de una crisis financiera, que ha crecido con una pandemia, que ha vivido alquileres imposibles, precariedad, desigualdad rampante, deudas, promesas meritocráticas rotas, crisis climática y un supuesto colapso laboral inminente por culpa de la IA no va a mirar bien al mercado. Normal que busque redistribución, propiedad pública y regulación de la economía. Puede que use mal algunos conceptos (están aprendiendo, duh). Puede que proponga políticas equivocadas (Jose Luis, ¿tú no te equivocaste nunca?). Pero su enfado no es extraño.

Lo mismo ocurre con el terror. Una generación educada entre pantallas, confinamientos, contagios, tiroteos, hipervigilancia impuesta e interiorizada, con un futuro bloqueado, no va a producir comedias luminosas sobre jovenes que se graduan y consiguen trabajos estupendos. Pocas gramáticas más adecuadas que la del terror para describir la experiencia de ser un adulto en los años veinte del siglo XXI: Casas que no protegen, instituciones que no llegan, cuerpos vulnerables, monstruos sin forma, espacios cotidianos desasosegadores. No es ni raro, ni nuevo. Como tampoco lo es que el terror de forma a aquello que otros géneros y estamentos culturales evitan mirar de frente.

Tampoco es la primera vez que los adultos se escandalizan ante los jóvenes como si recién hubieran llegado en una nave espacial (verbigracia, El pueblo de los malditos/Los cuclillos de Midwich). La década de 1960 estuvo atravesada por un antagonismo muy parecido. Una generación educada en la promesa del trabajo estable, el ahorro, la familia, la pensión y el futuro miraba con horror a jóvenes que habían crecido bajo la sombra de la bomba atómica y no podían creer en ese mismo relato. Sus mayores les pedían responsabilidad, orden y gratitud. Ellos respondían que habían heredado un mundo basado en el conformismo, la mentira y la amenaza de aniquilación.

En el último episodio de El Prisionero, el personaje de Número 48, que encarna esa ruptura generacional, recuerda al Presidente que “mis huesos son tuyos, papá, vienen de ti, papaíto”. Esa frase contiene una verdad que se olvida cada vez que un adulto escribe con alarma sobre los jóvenes. No han descendido en helicóptero sobre nosotros. No son una excrecencia del cuerpo social, ni una mutación inexplicable. Son huesos de nuestros huesos, carne de nuestra carne.

Condescendencia. Condescender. Menudo verbo. Presente del indicativo. Atrévete a conjugarlo.

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