Tengo que confesarte que el espiritismo siempre me había parecido una bobada. Una tontería para crédulos, una broma que se les fue de las manos a las hermanas Fox, comprensible dado los tiempos, pero que vista desde hoy no es mas que una nota al pie, una calle sin salida, un desliz embarazoso al que el vendemotos de Kardec y quienes le siguieron sacaron todo el jugo comercial que pudieron. Estaba equivocado, por supuesto. No me ha hecho falta mas que leer un poco, en concreto Radical Spirits de Ann Braude, que ya te mencioné hace un tiempo.
El espiritismo era un movimiento profundamente político. Si cada individuo puede acceder directamente a la verdad a través de los espíritus, entonces ningún agente externo es necesario. Ni Iglesia, ni Estado, ni jerarquía. La revelación espiritual ya no es colectiva, no hacen falta intermediarios. Es inmediata y personal. De ahí que el espiritismo nunca tuviera una ortodoxia, que aceptara una amplia gama de posiciones, unidas por su rechazo a la autoridad.
Si toda alma es autónoma, no hay justificación para la subordinación de unas personas a otras. De ahí que los espiritistas norteamericanos se opusieran a la esclavitud, que cuestionaran la autoridad de las iglesias y de los médicos, que cuestionaran las relaciones entre hombres y mujeres, convirtiéndose en un vector temprano del feminismo.
Su punta de lanza era la figura del médium, canal a través del cual hablaban los espíritus. Casi todos eran mujeres. Esto tuvo consecuencias casi revolucionarias. En una sociedad que minimizaba el papel público de las mujeres, el espiritismo les ofreció un espacio de visibilidad y autoridad. Como médiums, podían hablar en público, enseñar y guiar. Podían ser lideres sin necesidad de educación formal, ordenación eclesiástica o reconocimiento institucional, es decir, sin pasar (y ser rechazadas) por los mecanismos que garantizaban el monopolio masculino en la esfera pública.
Braude explica cómo este proceso se articulaba sin desafiar las normas de la época. Las médiums no hablaban “por sí mismas”, sino en trance, como vehículos de inteligencias superiores. Su autoridad se interpretaba como delegada. De hecho, que una mujer se levantara en público y pronunciara un discurso coherente se tomaba como prueba de que estaba siendo guiada por un espíritu, porque pocos hombres creían que pudiera hacerlo por sí sola.
Esto ofrecía una especie de solución intermedia: las mujeres accedían a un papel público y de liderazgo sin cuestionar abiertamente la idea dominante de feminidad. Rasgos considerados típicamente femeninos, como la sensibilidad o la “inestabilidad nerviosa”, se reinterpretaron como cualidades que las hacían aptas para la mediumnidad. El espiritismo convirtió en virtud lo que en otros ámbitos era una limitación.
La mediumnidad también permitió a muchas mujeres superar barreras internas: el miedo a no estar a la altura, a no estar capacitadas para ocupar el espacio público. El espiritismo fue un vehículo de expresión, liderazgo y autoafirmación.
Todo esto ya sería bastante si no fuera porque la lectura me hizo repensar las dos ideas que sostenían el espiritismo. La primera es la obvia: es posible comunicarse con los muertos, mantener un vínculo con nuestros seres queridos fallecidos. La segunda es que los espíritus pueden guiarnos, ofrecer respuestas y acelerar el progreso humano.
Estas dos ideas reaparecen hoy, casi intactas, en el discurso sobre la IA. Por un lado, la promesa de que sistemas más inteligentes que nosotros podrán asesorarnos y corregirnos, abrir la puerta a incontables descubrimientos y avances. Por otro, la fantasía de reconstruir a los muertos a partir de sus huellas digitales y poder conversar con ellos. Donde antes había médiums, ahora hay chatbots.
Cuando figuras como Ray Kurzweil hablan de la singularidad, de la llegada de una inteligencia superior que resolverá nuestros problemas y transformará la condición humana, lo que hacen es transitar por ese mismo anhelo, solo que en términos técnicos. Se trata de una fantasía muy antigua vestida de otra forma. La del deus ex machina en una situación de crisis. Algo externo, superior, que irrumpe y lo arregla todo.
Esta idea aparece también en muchas narrativas recientes de viajes en el tiempo: películas como Interestelar, Tomorrowland y Arrival o la serie Viajeros. En ellas la salvación llega desde el futuro. Síntoma de un estrechamiento de la imaginación colectiva que solo permite concebir que algo o alguien vendrá a arreglar este lio en el que estamos.
En el caso de Kurzweil, el interés por la tecnología tiene una raíz… espiritista. Perdió a su padre cuando era joven. Esto le marcó profundamente. Durante años reunió los escritos, cartas y documentos de su padre con la idea de reconstruir su mente. Para él, una persona es, en último término, un archivo: un conjunto de patrones que pueden ser codificados, reconstruidos, preservados. Hizo todo eso para poder hablar con su padre muerto.
Bajo toda la retórica sobre progreso exponencial, superinteligencias y futuros posthumanos, sobre la muerte como un mero problema técnico, hay una motivación mucho más simple y mucho más humana: no perder a nuestros seres queridos, no desaparecer.
Pero hasta aquí llega la analogía.
Porque, aunque compartan anhelos, espiritismo y tecnoutopismo no son comparables. El primero, con todas sus ilusiones, estaba ligado a un impulso de transformación social. Permitió a quienes estaban excluidos ocupar lugares de visibilidad, activaba a las personas, les daba un papel en el mundo.
El discurso sobre la inteligencia artificial busca lo opuesto. Bajo la promesa de una inteligencia mesiánica y redentora, lo que propone es clausurar la discusión política. Si todo puede reducirse a un problema técnico, a una cuestión de código, ya no hace falta conflicto ni debate.
En ese marco, cualquier “fricción”, cualquier resistencia parece irracional y reaccionaria. ¿Quién puede oponerse a la abolición de la muerte? ¿Quién puede cuestionar una utopía de abundancia? La regulación, la crítica dejan de ser mecanismos necesarios en una sociedad democrática para convertirse en obstáculos que solo retrasan el advenimiento de ese bien mayor.
La promesa de la inteligencia artificial funciona así como una forma de desactivar el presente. Convertir nuestros problemas en líneas de código legitima la concentración de poder en quienes controlan esa tecnología y reduce a cero el espacio de acción para el resto.

