Estos días estoy leyendo el fascinante Silence of the Gods, de Francis Young, sobre la historia de los últimos pueblos paganos de Europa y sobre cómo fueron cristianizándose (o no). Me ha sorprendido mucho, por ejemplo, saber de las cruzadas bálticas, una serie de campañas militares que se prolongaron durante casi tres siglos para cristianizar por la fuerza a estos pueblos, desde Polonia hasta Karelia, casi en el Ártico. Mala forma de cristianizar a alguien: matándolo.
Pero sirvió.
Se sabe muy poco de las religiones de estos pueblos, en parte por su conversión, pero también por su exterminio. Apenas se conservan fragmentos: referencias hostiles de cronistas cristianos, un puñado de nombres de dioses, rituales reconstruidos a partir de la arqueología o, en algunos casos, de impulsos nacionalistas posteriores. Esto me recordó lo tristemente poco que sabemos de las religiones y costumbres de los pueblos prerromanos de la península ibérica: vacceos, vetones, carpetanos, los míticos rucones, o incluso qué pueblo indoeuropeo anterior a los celtas habitaba en Las Hurdes. Todo por culpa del rodillo imperial romano, claro.
En el libro de Young me topé con una frase de una fuerza evocadora arrolladora. La utiliza para describir las creencias de los sami, uno de los últimos pueblos paganos fineses. Se sabe que eran animistas. La idea es que el animismo no es una creencia en la existencia de espíritus en los bosques, las piedras o los montes (los numen), sino un conjunto de normas sobre cómo los humanos debemos comportarnos cuando tratamos con otras personas, muchas de las cuales no son humanas. Muy a menudo, esta era una relación contractual y, por lo tanto, de asociación, no de dominación, como en el Occidente cristiano.
Pensar el mundo en estos términos me recordó los bog bodies, los cuerpos de los pantanos.
Los bog bodies son restos humanos hallados en turberas y humedales del norte y noroeste de Europa, donde las condiciones ambientales ralentizan o detienen la descomposición. Estos entornos son fríos, pobres en oxígeno y muy ácidos, lo que provoca un efecto inverso al de las tumbas convencionales: la piel, el cabello y las uñas se conservan excepcionalmente bien, mientras que los huesos se deterioran. La interacción química entre la turba y los tejidos orgánicos genera un proceso similar al curtido, dando a los cuerpos un aspecto oscuro y coriáceo y, sobre todo, haciendo que conserven sus rasgos faciales. Es impresionante poder mirar a la cara a alguien que vivió hace más de mil o dos mil años.
El mas impactante es el Hombre de Tollund, cuya imagen abre esta líneas. Parece que esta dormido el pobrecito. Murió por estrangulamiento, con una soga al cuello, y un gorrito puesto. Gozaba de buena salud, había tenido una vida relativamente larga. Su última comida fue una papilla de cereales y semillas.
Las comunidades como en las que vivió el Hombre de Tollund eran sociedades de intercambio. No usaban dinero. Si querías algo de un herrero o de un alfarero, les ofrecías algo a cambio: hospitalidad, comida, quizá una oveja al año siguiente. La idea fundamental es que no se obtiene nada sin dar algo a cambio. Es muy posible que el Hombre de Tollund fuera el resultado de un intercambio ritualizado entre personas humanas y no humanas.
Nunca sabremos con certeza por qué le tocó a este hombre. Algunos textos clásicos sugieren que podía tratarse de una cuestión de azar, de quién sacaba la pajita más corta cuando era necesario hacer una ofrenda. Solo sabemos que la comunidad decidió que esta persona debía morir porque su muerte no fue improvisada ni privada. Fue una decisión colectiva, ejecutada con aprecio y cuidado, como ofrenda propiciatoria o de agradecimiento, como parte de un intercambio destinado a asegurar el favor y la buena fortuna. Quizá se entendía como un honor. Quizá el Hombre de Tollund fuera un embajador enviado a ese otro mundo habitado por entidades cuya presencia hace posible la vida y proporciona sustento: madera, carbón vegetal, hierro, fibras, turba con propiedades antisépticas.
Precisamente por ser lugares de donde se extraían tanto eran ser lugares donde se había de devolver algo. Un espacio de intercambio continuo, donde se toma y se ofrece.
Lugares liminales donde la gente entraba de forma cotidiana, que conocía bien, donde se construían pasarelas y caminos para atravesarlos. No eran espacios cerrados ni exclusivos, pero sí requerían conocimiento, respeto y cuidado. Entra tu ahí de noche.
Su sacralidad persistió incluso cuando el cristianismo se impuso. Los pantanos siguieron siendo lugares donde se depositaban cuerpos que no podían ser enterrados en tierra consagrada: suicidas, personas acusadas de brujería, marginados, ejecutados. Extensiones que aun pertenecían a fuerzas no humanas, que no podían ser dominados por los vivos. Donde las voces no acallan.

