Justo esta semana, en la que durante unas horas hemos convivido con la posibilidad de vivir un apocalipsis nuclear anunciado y retrasmitido en directo, ando leyendo The Spirit of Socialism, de Joseph Kellner, un libro que documenta el auge de lo paranormal en Rusia durante otra época apocalíptica: el final de la URSS y los primeros años noventa. Como suele suceder cuando un orden social empieza a desmoronarse, surgió entonces una exuberancia de creencias. Ocurrió también en el Imperio romano, cuando en medio de la crisis del siglo III proliferó una miríada de cultos como los órficos, los de Isis, Mitra o el Sol Invicto.
Entre 1988 y principios de los 90 irrumpieron en la vida pública rusa personas que decían poder diagnosticar enfermedades a partir de fotografías, resolver crímenes o localizar víctimas de terremotos mediante visión remota, o intervenir con la mente en partidas de ajedrez de importancia internacional. Hubo lectores de manos, tarotistas, astrólogos, misioneros con traje, gurús con túnica, profetas apocalípticos que mantenían a audiencias multitudinarias en vilo. Mientras tanto, una caterva de autores, conferenciantes y comunicadores ponían en duda los principios más básicos de la ciencia y la historia oficiales.
Este auge no surgió de la nada. Sus raíces lejanas estaban en tradiciones esotéricas como la teosofía de Helena Blavatsky, pionera del contactismo, y el Agni Yoga de Nikolai y Elena Roerich. Pero también una raíz más cercana en la fascinación por el cosmos durante los años de la carrera espacial. De ahí derivaron el interés por los platillos volantes y la aparición espontánea por todo el pais de clubes de buscadores de ovnis, tolerados por el Estado. En 1990, las encuestas mostraban que una mayoría de los rusos creía en la astrología, la telepatía y las fuerzas sobrenaturales.
La fascinación por lo paranormal, lo oculto y por los extraterrestres se disparó a medida que el sistema soviético entraba en caída libre. La ciudadanía había quedado desorientada, sin una conexión firme con nada, huérfana de la gran flecha hacia adelante de la historia. Según Kellner, la crisis del colapso fue percibida como tan repentina, tan completa, que resultaba imposible anticipar el futuro. La única certidumbre era que no había nadie al volante. Fue un tiempo apocalíptico en el que normas, valores y hábitos cambiaron por completo, y la inestabilidad se convirtió en la nueva normalidad. ¿Te suena?
Kellner reconstruye ese momento a través de cuatro casos de estudio, cuatro movimientos surgidos en los círculos de la intelligentsia soviética. El primero es el de Mikhail Levin, un matemático que buscaba convertir la astrología en una ciencia dura capaz de explicar y predecir los grandes acontecimientos históricos. El segundo caso es el auge de los Hare Krishna, que captaron a muchísimos seguidores con formación científica y técnica, a quienes ofrecían una vía de escape frente al colapso del orden soviético y la irrupción del consumismo occidental. Otro caso es el de Anatoly Fomenko, matemático que desarrolló la llamada “Nueva Cronología”, una reinterpretación radical del pasado basada en métodos estadísticos y astronómicos que proponía que la mayor parte de la historia antigua es una falsificación, que los acontecimientos atribuidos a Grecia, Roma o Egipto, incluido el nacimiento de Jesus, habrían ocurrido en la Edad Media. En esa historia reconstruida, el mundo habría estado dominado por lo que él llamaba la “Gran Tartaria”, un imperio cuya existencia habria sido posteriormente ocultada y silenciada por el Vaticano, el Sacro Imperio Romano Germánico y la dinastía de los Romanov.
El cuarto estudio se centra en la secta de Vissarion, seudónimo de Sergei Torop, un antiguo agente de tráfico, miembro de un club local de ovnis. Vestido con túnicas rojas, con una apariencia crística (si ves las fotos, es un calco de Carlos Jesus), Vissarion decía que los extraterrestres le habían comunicado que la Tierra iba a reaccionar de forma apocalíptica contra la modernidad que la había llevado al límite. En los años noventa fundó comunidades en Siberia orientadas a una vida colectiva, austera y en contacto con la naturaleza, invitando a retirarse de un mundo que consideraba tóxico y en decadencia.
La vida en estas comunidades se organizaba en torno a un intenso trabajo colectivo, primero de construcción, luego artísticas. Las ideas de Vissarion eran deliberadamente un contenedor vacío, lo que hizo que apenas hubiera conflictos internos, tan habituales en este tipo de movimientos. La falta de rigidez doctrinal resultó, en este caso, estabilizadora.
Esto me ha hecho recordar una interesantísima entrevista que también aparecía esta semana, en El Salto, a María Pandiello a propósito del libro que le publica La Felguera sobre imágenes del apocalipsis. Dice Piandello allí que “algo bello es que el apocalipsis nos hace pensar en colectivo”. Mientras unos imaginan el fin como una experiencia individual y survivalista, lo que emerge es más bien la necesidad de darle un sentido compartido.
El apocalipsis no es necesariamente el fin del mundo, sino el fin de un mundo. Lo que termina no es la vida, sino una forma de entenderla, una forma que ya no puede sostenerse a sí misma ni garantizar la dignidad de las vidas. Un presente vertiginoso que se vuelve difícil de leer, de interpretar, que ya no ofrece certezas, pero si la posibilidad de imaginar otro.
El fin del mundo soviético sucedió. Llegó otro seguramente peor, una economía de la vida y la muerte. Pero el fin del mundo como tal, no. Con el paso del tiempo, el elemento apocalíptico de la secta Vissarion perdió relevancia. Kellner viajó a Siberia para entrevistar a sus miembros. Estos recuerdan que llegaron allí para escapar del fin, pero ya no tienen claro si las profecías de su líder se cumplieron o no. Tampoco les importa. Sus comunidades funcionan. Son una forma de vida que actúa como refugio frente a un apocalipsis que quizá ya ha tenido lugar o que quizá ya está en curso. Nos cabe imaginar otras que puedan ser también un modelo para aceptarlo o prevenirlo.
