Además de por estar interpretado por François Truffaut en Encuentros en la tercera fase, Jacques Vallée es conocido sobre todo por Pasaporte a Magonia, obra en la que propuso una teoría unificadora de las anomalías, desde hadas y duendes hasta platillos volantes y alienígenas.
Al proponer esta teoría, Vallée no solo rompió con la hipótesis extraterrestre clásica, la que dice que los platillos volantes están hechos de “tuercas y tornillos”, sino que también sugirió que los fenómenos ufológicos podrían proceder de otro plano de la realidad. Y aunque no habló de demonios ni de ángeles caídos, hay que recordar que Vallée era muy amigo de J. Allen Hynek, quien acuñó el uso de “fases” para clasificar la cercanía de los encuentros con estos objetos y sus “tripulantes” y cuyo interés en estos fenómenos era en realidad un disfraz para su verdadera pasión: el ocultismo.
Una vez Vallée y Hynek abrieron la puerta a la idea de que no todo lo extraño tiene por qué ser extraterrestre, esta no volvió a cerrarse. Otros se colaron por ella.
En las últimas décadas, sectores del evangelicalismo estadounidense se han apropiado de la hipótesis extradimensional para sus fines teológicos. Si los ovnis no vienen del espacio, entonces no pueden ser criaturas de Dios. Y si no son criaturas de Dios, solo queda una opción: son demonios. Ángeles caídos. Entidades maléficas, impostoras, engañadoras. Los ovnis son ilusiones demoníacas diseñadas por Satanás para desviar a la humanidad del cristianismo verdadero.
La arqueología fantástica, las lecturas literalistas del Génesis, el Libro de Enoc, la obsesión con los Nefilim, gigantes nacidos de la unión entre ángeles caídos y mujeres humanas. Interferencias en la historia, infiltraciones en la sociedad moderna que buscan corromperla. No se trata de metáforas. Figuras como Steve Quayle o L. A. Marzulli hablan explícitamente de demonios físicos, de híbridos, de gigantes. Tucker Carlson afirma que fue atacado en sueños por un demonio. Eh, oye, estamos en medio de una guerra espiritual y tú no te estas enterando.
Cuando personas influyentes como Paula White, consejera espiritual de Donald Trump, hablan públicamente de “jezebel” (= Kamala Harris), “reinos marinos”, “espíritus de control”, de “romper redes demoníacas” que operan contra el presidente, estan blandiendo el concepto de “guerra espiritual” que caracteriza lo que se ha llamado la Tercera Ola carismática y movimientos como la Nueva Reforma Apostólica, para los que la lucha contra los demonios deja de ser una metáfora y pasa a ser parte del lenguaje cotidiano, una forma aceptable de describir adversarios políticos y otros países. De describir la realidad.
Ese marco cultural ya estaba alineado. El cine de terror producido en EE. UU. durante las últimas dos décadas ha reproducido este imaginario. El demonio no es una metáfora: existe, y está por todas partes.
En 1974, mientras las colas para ver la película daban la vuelta a los cines para ver El Exorcista, un grupo de cincuenta baptistas protestó frente a un cine en Corpus Christi, Texas. Uno de los carteles decía: “Hoy El Exorcista, mañana el Anticristo”.
La Profecía nació como la respuesta protestante a El Exorcista. El mal ya no era un problema de posesión individual, sino un plan escatológico, de cumplimiento de una profecía. Una marcha irrevocable a través de un calendario. Su reciente precuela, la estupendísima La Primera Profecía, es un crisol donde además de los ataques recientes a las libertades reproductivas resuenan viejas ideas evangélicas que Dan Brown tan exitosamente sacó del armario a principios de siglo: que la iglesia católica oculta y conspira, adora a falsos dioses y sus papas corruptos están al servicio de Satán.
Desde siempre, una parte importante del terror estadounidense ha percibido el mundo en binarios, pero esta idea se ha hecho casi asfixiante. No se discute la existencia de los demonios. El problema es ahora otro: Identificar la entidad correcta, su punto de entrada en nuestro mundo (una tabla ouija, una muñeca), qué ritual usar contra ella. No es casual que Scott Derrickson, uno de los directores más reconocidos de esta hornada reciente, se declare cristiano y defienda explorar temas religiosos en sus filmes. El guionista de la franquicia de The Conjuring Carey Hayes ha acuñado un término para describirlo: el “sobrenatural religioso”, un subgénero de cine de terror que opera desde una visión religiosa del mundo y que está diseñado explícitamente para que personas de una congregación puedan verlas juntas y comentarlas. The Conjuring trabajó con agencias de marketing especializadas en llegar al público cristiano, entre ellas Grace Hill Media, fundada por Jonathan Brock, un evangélico y antiguo publicista de Warner, que se autodefine como “A Christian media company that has worked for over a decade to promote positive, faith-encouraging films.”
Incluso Longlegs, que se presenta como una película sobre asesinos en serie, acaba funcionando dentro del mismo marco ontológico. El personaje de Nicholas Cage es apenas autonomo. Su maldad no es psicológica, ni social, ni biográfica. Es Satanás quien actúa a través de él. Porque hay fuerzas ahí afuera que buscan atacarnos, poseernos. ¡Las familias están en peligro! Y aunque estas películas puedan ser tan entretenidas como Host o Late Night with the Devil, o tan nihilistas y desesperanzadas como Sinister o la terrorífica The Dark and the Wicked, pocas dejan a la ambigüedad: los demonios son reales, son parte del mundo. Y no verlos, ya sea por ateo, científico o mal creyente, se paga caro.

