A veces me pregunto qué sentido tiene escribir estos textitos semanales sobre platillos volantes, fantasmas o monstruos, si no será algo frívolo cuando el mundo está como está. Además suelo sacarlos en sábado, justo después de que el viernes por la noche a Trump le suela dar por mandar el mundo un poco más al carajo.

Quiero pensar que mirar hacia fuera, hacia atrás, nos ayuda a entender mejor lo que tenemos dentro, delante, lo que subyace a los devenires de la actualidad.

Tras cada una de estas crisis sabatinas, aparecen en las redes vídeos de Mind Enterprises pinchando temazos en su balcón. Campari, luz dorada, elegancia, ninguna prisa.“Los europeos reaccionan a la petición de Trump de ayuda militar”. “Europeos después de conseguir que la OTAN aguante otra semana”. Vídeos que se comparten para armar una respuesta colectiva, automática, con la calma de quien ya estuvo allí, de quien lleva siglos matándose. Con indiferencia y cinismo, dirán otros, seguramente con razón. Quedémonos entonces con el gesto: Un sorbo, un vinilo, una calada que mantengan el mundo cosido hasta la próxima tragedia, hasta el próximo finde.

El regreso del italo disco, como decía Noel Ceballos en el perfil que hizo de Mind Enterprises el verano pasado, no es tanto un refugio en la nostalgia como un perfeccionamiento, un intento de alcanzar el paraíso bailando. No es casualidad que su estética se haya convertido en respuesta, en imaginario paliativo, en un momento de urgencia planetaria. El italo disco original surgió también bajo la amenaza nuclear durante la Guerra Fria. Mucha luz, mucho brillo, pero también mucha impostura. La bola de espejos, el chándal colorido de poliéster. Más luz de la que realmente había.

En la entrevista que le hizo Eduardo Bravo, el musicólogo Oriol Rosell describía la respuesta del trap y el reguetón a nuestros tiempos tristes. Ni nostalgia ni reconstrucción, sino la necesidad de quemar el presente porque la sensación es que no hay futuro. Músicas de los pobres racializados, de quienes están en los márgenes, de quienes migran por necesidad. Por eso el dinero aparece todo el rato en su estética y sus letras, porque no lo han tenido. Queda el placer inmediato, repetido. No hay puntos de fuga ni palacios de invierno que asaltar.

Eso ya había pasado antes, claro. En los 60, Jeff Nuttall lo llamó la bomb culture: una generación que creció bajo la amenaza constante de la catástrofe nuclear. Pero aquella se oponía a unas estructuras aun disciplinarias y antiguas y por tanto estaba vigorizada por una cierta idea de mejora. Ahora no. Por eso el hedonismo ha cambiado de sentido. Ya no es transgresivo sino manierista. Si cuestiona en algo el orden establecido es por exageración, no por ruptura.

Entre esas dos posiciones, la elegancia performativa y la resignación áspera, me encuentro volviendo al género negro.

Como decía Margot Douaihy en un brillante artículo, el noir es un género que no te promete que todo irá bien. Te dice que el mundo está roto y que no estás loco por notarlo. Personajes ambivalentes, decisiones turbias, autoridades corruptas. No hay un intento de recomponer nada. No hay una salida clara ni un consuelo fácil.

Hay una forma de claridad.

La claridad que aparece cuando dejamos de esperar que alguien venga a poner orden. Cuando las mentiras y los engaños pueden verse a plena luz. Como decía el escritor de C.J. Thomas en su blog, en el noir no escapamos del mal, lo miramos de frente. Y al hacerlo, lo reconocemos en nosotros y en quienes nos rodean.

Hace unas semanas, un cómico en Nashville creó una falsa línea telefónica para denunciar inmigrantes indocumentados. Lo hizo medio en broma medio en serio. Un experimento satírico, si quieres. Llegaron unas 100 llamadas. Gente denunciando a vecinos, ex parejas, a conductores de Uber, a desconocidos en el supermercado. Una maestra de infantil llamó para denunciar a los padres de uno de sus alumnos.

Gente normal, hablando con tono educado, razonable, convencida de estar haciendo lo correcto.

Cuando el cómico les repetía lo que estaban diciendo, sin cambiar una palabra, algunos se incomodaban. Otros no.

A los gringos esto les ha sorprendido. Hablan de la consabida banalidad del mal como si acabaran de descubrirla. Como si nosotros, aquí, no lleváramos ya tiempo conviviendo con ella, viéndola de cerca, compartiendo con nosotros oficina, mesa, cama.  

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