Esta semana murió mi padre. O quizá fue la anterior. No lo sé. Bueno, sí lo sé, pero no he podido evitar imitar a Camus. No tengo mucho más que añadir. La muerte es algo muy ordinario. Verla en directo te quita cualquier noción de trascendencia. Muerden el aire, se visten de esqueleto y ya está.
(Lo escribo asi, en tercera persona, porque solo se ve la muerte ajena).
Cuando pusieron a mi padre en sedación, porque sus pulmones ya no daban para más, le pregunté al doctor si en ese estado se sueña. Quizá buscaba aferrarme a un reducto de misterio, de encantamiento. Me respondió que se cree que sí, pero no se sabe bien cómo son esos sueños. El tacto y el oído son los últimos sentidos en apagarse. Quizá se sueñen esas sensaciones, me dijo. Lo difícil de averiguar es si se racionalizan, si conservamos las estructuras cognitivas para entender lo que está sucediendo, porque los sueños no son irracionales porque sean incomprensibles, sino porque combinan elementos cercanos de formas ajenas. Es lo mismo con los OVNIS y los muchas veces absurdos encuentros con sus tripulantes: pilotos de zeppelines que preguntan direcciones en la oleada de 1897, o astronautas de trajes plateados que recogen infinitas muestras de terreno durante el siglo XX. Nunca son alienígenas ininteligibles, nunca son inefables colores venidos del espacio.
Decía el poeta Pere Rovira que la muerte quizá sea como el sonido de un vaso que se rompe en un viejo disco de jazz grabado en directo. Quizá sea más bien como uno de esos sueños de las novelas de Philip K. Dick -Ubik, Ojo en el cielo-, que se van desmoronando, mostrando su código fuente. Quizá en ese ultimo estado soñemos en glitches, en píxeles, cada vez más rotos y deteriorados. Y en un último momento de lucidez, en un chispazo como el sonido de un vaso estrellandose contra el suelo, nos demos cuenta de que algo no va bien.
Cuando volví a casa, lo segundo que hice fue ponerme el delantal y cocinar. Porque, al final, la vida es eso. ¿Qué cenamos hoy? Pon la mesa. Bueno, pues otro día que se cenó. A fregar los platos. ¿Y mañana qué comemos? ¿Hace falta ir al súper?

