En el reinado de Ricardo II, un sastre de York cabalgaba de noche hacia su casa cuando un cuervo empezó a revolotear alrededor de su cabeza. El pájaro se lanzó al suelo batiendo las alas como si agonizara y del cuerpo le empezaron a brotar chispas. El sastre sacó su espada y se encomendó a Dios. El cuervo huyó. Pero regresó transformado en un perro enorme con una cadena alrededor del cuello. Le explicó al sastre que era un alma condenada, excomulgada de la Iglesia, y que necesitaba que alguien intercediera ante un sacerdote para conseguirle la absolución. Si el sastre no le ayudaba, le advirtió, la carne se le caería a cachos.

El sastre fue, pagó cinco monedas de plata y consiguió la absolución de aquel pobre infeliz por escrito. El fantasma le agradeció su ayuda y pasó a la alegría eterna junto a otros treinta espíritus.

Esta historia, recogida en el monasterio de Byland hacia el año 1400, uno de los relatos de fantasmas medievales más completos que se conservan. Contiene ya muchos tropos del terror moderno: rituales de necromancia, perros negros, invocaciones para contener a un espíritu, la figura del fantasma encadenado. Pero como todas las historias de miedo, también revela qué producía inquietud en la sociedad de su tiempo y, sobre todo, quién contaba esas historias.

Los fantasmas medievales, casi sin excepción, vienen a pedirte algo: que encargues misas, que devuelvas lo que robaron, que corrijas el agravio que los mantiene atrapados en ese infierno temporal, en esa sala de espera del dentista que era el purgatorio medieval. Como dice la historiadora Eleanor Janega, el fantasma medieval es, ante todo, un instrumento de la Iglesia. Sus apariciones confirman que el purgatorio existe y que la Iglesia tiene poder incluso sobre los muertos.

Por ejemplo, el papa Gregorio el Grande lo ilustró en el siglo VI con la historia de un diácono que habia apoyado al candidato perdedor en una elección papal y que aparece después de muerto sirviendo como criado en los baños calientes de Capua. El recadito era claro: si te pones del lado del cardenal equivocado, acabarás repartiendo toallas y masajeando espaldas peludas en el purgatorio.

Cuando era la Iglesia quien administraba estos relatos, nunca hubo dudas sobre la existencia real de los fantasmas. Estos enseñaban obediencia, respeto a la jerarquía, temor a Dios y generosidad con la Iglesia. Eran instrumentos de poder. Las historias de fantasmas medievales que han sobrevivido lo han hecho porque tenían valor para las élites que las escribieron..

Pero con el pasar del tiempo se empiezan a escuchar otras voces, las de la gente corriente, las de las mujeres, las de los trabajadores. Y entonces el fantasma cambia. Ya no viene a pedir misas ni recordarnos que hay que dar óbolos a la Iglesia. Viene a pedirnos cuentas. Ya no quieren ayuda. Quieren venganza. Quieren justicia.

Candyman, El último escalón, Arrástrame al infierno, casi todo el J-Horror de los 2000s. A estos fantasmas no hay sacerdote que los absuelva porque su problema es de clase, raza o género, no teológico.

Y claro, cuando una mujer de clase trabajadora cuenta que ha visto el espectro de otra mujer asesinada o maltratada, o un minero del carbon cuenta historias sobre misteriosos golpes y repiqueteos en una galeria (los “knockers” en Inglaterra, “Tommyknockers” en EEUU), o un guarda de seguridad confiesa haber visto sombras alargadas en el pasillo de un hospital, la respuesta ya no es tomar cuidadoso testimonio y oficiar una misa. Es cuestionar que sean reales. Superstición de pobres. Porque el espectro de la mujer asesinada viene a señalar a su asesino. Porque el minero tiene un miedo mortal y quiere mejores condiciones de trabajo. Porque cuestionan el orden del mundo.

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