Como empieza la Semana Santa, me ha dado por volver a Lo santo, de Rudolf Otto, libro con el que llevo dándoos la matraca desde el comienzo de este blog, newsletter o lo que sea.
Uno de sus argumentos principales es igualar el sentimiento religioso más primigenio al pavor demoníaco. Un pavor que comienza vislumbrado de forma vacilante, reconociendo un lugar en el que “hay algo raro”, en el que “no se está seguro”. En inglés, this place is haunted, este paraje está embrujado. En alemán, Es spukt hier, que en mi edición de Alianza se traduce con el precioso “aquí se trasguea”. No hay sujeto claro. No se dice qué hay. Solo que algo ocurre, que el lugar ha sido alterado.
Después viene la explicación. La aparición, la presencia, que causa terror y empequeñecimiento: un númen, un demonio, un Baal. “Aquí hay un trasgo”.
Al describir ese proceso, Otto lo ilustra con un buen puñado de pasajes bíblicos: el monte, la zarza, el sueño de Jacob. Y al leerlos no me podía quitar de la cabeza hasta qué punto se parecen a “La locura que llegó del mar”, la tercera parte de “La llamada de Cthulhu”, de H. P. Lovecraft.
Poco nuevo se puede decir de un relato con una de las estructuras más perfectas e influyentes de la literatura, que avanza como un expediente (X), conformado por fragmentos, artículos, testimonios. El horror aparece mediado en sus primeros dos tercios hasta que hace su aparición un ser viviente ante cuya presencia lo humano es incapaz de sostenerse.
Lo que sigue es un collage, un pequeño montaje construido con los pasajes bíblicos subrayados por Otto y otros cuantos. El misterio tremendo y fascinante del que hablaba el alemán es el mismo temblor y estremecimiento sobre el que escribía aquel señor de Providence.
La Llamada de Yahvé
¡Qué terrible es este lugar!
Tierra santa.
Vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte,
un sonido de bocina muy fuerte.
El humo subía como el humo de un horno.
Todo el monte se estremecía en gran manera.
El sonido de la bocina iba aumentando en extremo.
El cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla.
Todo monte y toda isla se removió de su lugar.
Estoy espantado y temblando.
Me paré sobre la arena del mar y vi subir una bestia.
El Dios viviente.
Fuego consumidor.
Su cuerpo era como de berilo,
su rostro como relámpago,
sus ojos como antorchas de fuego.
El sonido de sus palabras
era como el estruendo de una multitud.
Dijo: No podrás ver mi rostro;
porque no me verá hombre, y vivirá.
Cubrí mi rostro.
El hombre no verá y vivirá.
Dijo: Yo enviaré mi terror entre ti.
¿Qué es el hombre,
para que oiga la voz del Dios viviente,
y aún viva?
He allí el grande y anchuroso mar,
en donde se mueven seres innumerables.
Las aguas me rodearon hasta el alma.
Me rodeó el abismo.
Horrenda cosa es caer
en manos del Dios vivo.
Fuentes: Génesis 28:17; Éxodo 19:16–19; Apocalipsis 6:14; Hebreos 12:21; Apocalipsis 13:1; Deuteronomio 5:26; Deuteronomio 4:24; Hebreos 12:29; Daniel 10:6; Éxodo 33:20; Éxodo 3:6; Éxodo 23:27; Deuteronomio 5:26; Salmos 104:25; Jonás 2:5; Hebreos 10:31.

