Tras el 11-S la pregunta del imaginario americano era “¿Por qué nos odian?”, una pregunta reveladora porque presuponía inocencia, una posición de víctima sorprendida por una violencia que había surgido de lo más profundo de ese lago aparentemente tranquilo que era el Fin de la Historia.

Ahora que la historia se repite como tragedia con groseros toques de farsa, algo ha cambiado. La pregunta que se hacen los gringos es otra, la del meme del sketch de Mitchel y Webb: “¿Somos los malos?”.

La respuesta ya conocida la ha articulado Rachel Wachspress en un reciente artículo “We Are the Baddies”. La autora reconoce que Estados Unidos ha actuado históricamente como una potencia imperial. Guerras interminables, desestabilización regional, apoyo a dictaduras, vigilancia masiva, totalización de la vida cotidiana.

Pero la pieza resulta interesante más allá de ser una expresión de la culpa liberal estadounidense, a estas alturas un género en sí mismo. Lo interesante es el miedo.

En varios momentos Wachspress habla de sus hijos. Del miedo a que ellos tengan que vivir las consecuencias de Irak, Afganistán, Guantánamo, drones, Trump y la guerra contra el terror. El miedo al boomerang imperial, a que la violencia vuelva a casa.

Pero ahí, vislumbrado, asoma otro miedo. El horror de que el castigo nunca llegue.  El horror de que el mundo deje de tener sentido moral.

Existe un concepto en psicología llamado “la falacia del mundo justo”. La idea es que necesitamos creer que el mundo conserva una cierta coherencia moral, que nuestro trabajo duro y nuestras buenas acciones recibirán recompensa. También. que los malos actos terminan teniendo consecuencias. Vivir en un universo arbitrario es psicológicamente insoportable.

El boomerang imperial ya no es una observación empírica sino una necesidad moral. Si los culpables siempre pagan, la Historia, tarde o temprano, nos ajustara las cuentas. El problema es que el imperio parece desmentir esa idea. Puede externalizar el sufrimiento y seguir funcionando con relativa normalidad. Puede convertir países enteros en zonas de guerra y no sentirse especialmente afectado. Pero si el daño nunca vuelve, si el imperio puede ejercer violencia ilimitada sin sufrir consecuencias, entonces el mundo ya no es inteligible.

Ahí es donde entra el masoquismo moral.

Freud utilizó el término “masoquismo moral” para describir la necesidad inconsciente de castigo que surge de la culpa. El sufrimiento que restablece el equilibrio. Había una deuda y la deuda se paga, restaura el mundo. Creo que desde ese punto de vista se puede entender muy bien una parte importante de la ficción política estadounidense posterior a Irak, una ficción que funciona exactamente así: como una fantasía masoquista del castigo imperial.

Civil War es probablemente la expresión más clara de esta fantasía. Alex Garland filma Estados Unidos con la gramática visual de Irak, Bosnia o Siria. Checkpoints, milicias, ejecuciones improvisadas, suburbios destruidos, Washington convertido en Bagdad, una operación para ejecutar al presidente a lo Bin Laden. En 2017 el egipcio-canadiense Omar el Akkad ya había explorado el tropo de una segunda guerra civil en su estupenda novela American War, que imaginaba unos Estados Unidos iraquizados: drones, campos de refugiados, contrainsurgencia, intervención extranjera. Casi a la vez la película Bushwick había transformando las calles norteamericanas en imágenes de Fallujah. Antes de todos ellos, Super Sad True Love Story y Southland Tales habían interiorizado la lógica paranoica de la guerra contra el terror dibujando unos Estados Unidos dominados por la propaganda y el hedonismo y con una vida cotidiana militarizada. Que Richard Kelly se adelantó a su tiempo lo demuestra que Southland Tales fuera un fracaso de público.

Estas fantasías permiten experimentar simbólicamente la pérdida pero dentro de un espacio seguro y estético, sin renuncia al privilegio y sin dejar de ocupar el centro de la narración (lo que algunos llaman “masoquismo blanco”). De ahi que la Guerra de Irak también diera pie a otras ficciones del boomerang que no eran expresión de una culpa que busca su castigo sino una fantasía de restauración nacional. Películas como Olympus Has Fallen o el remake de Amanecer Rojo, o videojuegos como Homefront utilizaban invasiones o ataques al territorio estadounidense como reafirmación patriótica que culminan en una restauración moral a través de una victoria heroica.

En Civil War y American War Estados Unidos pasa a convertirse en otro territorio más dentro de la circulación global de violencia contemporánea. No creo que sea casual que muchas de estas fantasías procedan de miradas externas. La genealogía empieza probablemente con Punishment Park, la obra maestra del recientemente fallecido director británico Peter Watkins, que imaginaba la aplicación de las técnicas de contrainsurgencia que EEUU practicaba en Vietnam en el propio territorio estadounidense. La película seria “homenajeada” por el francés Romain Gavras con su brocha gorda política habitual, en el videoclip que hizo para el “Born Free” de M.I.A. Imaginar a Estados Unidos como objeto de violencia histórica requiere desactivar previamente la idea de su excepcionalidad.

En su artículo, Wachpress insiste varias veces en que no es tan ingenua como para creer que la Historia ofrezca justicia o que Estados Unidos “merezca” sufrir. De hecho, admite que quizá el país vuelva a salirse con la suya. Henry Kissinger citó una vez una frase atribuida al Papa Urbano VIII tras la muerte del cardenal Richelieu: “Si Dios existe, el cardenal Richelieu tendrá mucho por lo que responder. Y si no… bueno, le fue bastante bien”. Pocas ironías históricas más grandes como que fuera precisamente Kissinger quien recuperara esa cita.

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