La semana pasada te hablaba de que en Jane Eyre de Charlotte Brontë el folklore opera un poco desde los márgenes. Lo transmite Bessie con sus cuentos, lo murmuran los criados o lo invoca Rochester al ver a Jane como su novia-hada, figura tomada de una tradición folclórica muy presente en la Europa del siglo XIX (la “Nueva Melusina” de Goethe es de 1817 y “La sirenita” de Andersen, de 1837), en la que una mujer sobrenatural se une a un hombre mortal sin dejar nunca de pertenecer a otro mundo.

En Cumbres Borrascosas, en cambio, los demonios, la brujería, los espectros y la tradición féerica son sustancia misma de la novela. Emily Brontë emplea sus referencias al folklore de manera sistemática, sobre todo en momentos decisivos de la narración.

Esto se ve desde la primera aparición de Heathcliff. Cuando el viejo Earnshaw lo trae a Cumbres Borrascosas, apenas un niño, se lo presenta así a su mujer:

«Has de aceptar mi carga como un regalo de Dios, aunque sea casi tan negro como si saliese de las manos del diablo.»

Las imágenes tomadas de las creencias populares se utilizan una y otra vez para expresar la alteridad de Heathcliff. Para sus enemigos y sus víctimas aparece como una figura demoníaca, imprevisible, colérica. Hay múltiples referencias a él como «demonio», «diablo», «hijo del diablo» o «duende maligno». Sin embargo, un par de ellas merecen una atención más detenida. Por ejemplo, cuando Nelly, la principal narradora de la novela, lo ve por primera vez lo describe como “engendro de Satanás” (“imp of Satan” en el original). Cuando se topa con él más adelante, se espanta “como si se me hubiese aparecido el mismo diablo.” En otro momento escribe a Catherine como una bruja que no consigue dominar al demonio que ella misma ha invocado:

«El espíritu que la poseía se volvía indomable; no lograba calmarlo ni refrenarlo.»

El folklore también media las relaciones entre los personajes. En el momento más amargo de Cathy, cuando se muestra dispuesta a continuar el ciclo de crueldad de sus antecesores con Hareton como víctima, utiliza la superstición como arma. Le dice a Joseph:

«¿No tienes miedo de que el demonio te lleve cuando le nombras? Te advierto que si no te abstienes de provocarme pediré tu rapto como gracia especial. ¡Basta! Mira un momento, Joseph —continuó tomando de un estante un libro largo y oscuro—: voy a enseñarte mis progresos en magia negra; pronto seré capaz de ponerlo todo en claro: no murió por casualidad la vaca colorada ni tus reumas pueden contarse de modo alguno como favores de la Providencia.»

La referencia a un “rapto” no es casual. Volveré a ella un poco más tarde.

Lo sobrenatural también impregna el paisaje, los pantanos que recorren Cathy y Hareton en sus correrías infantiles. Son los páramos de Yorkshire, extensiones de brezo y turba, niebla frecuente, caminos inciertos, donde es fácil perderse y donde lo sobrenatural puede asaltarte en cualquier recodo. Cathy llama a su cama “la gruta de las hadas del risco de Pennington”, a donde Nelly teme que haya podido escaparse. Y cuando “a una de las criadas se le ocurrió hablar delante de ella de la gruta de las hadas”, Cathy “anduvo trastornada por el deseo de ir”.

Esas hadas que habitan en riscos y grutas no son pequeñas criaturas aladas, sino un tipo de ser que incluía un amplio catálogo de variedades locales (por ejemplo, goblins, pixies, lutins) de carácter mucho más siniestro que la Campanilla de Disney. Eran criaturas espectrales, por lo general invisibles, de tamaño incierto, capaces de provocar enfermedades, causar accidentes y muertes, arruinar cosechas y raptar niños, a veces también adultos. Incluso se pensaba que podían adoptar forma humana. No es que necesariamente se las considerara malignas, sino que eran traviesas, volubles, y propensas a hacer daño a quienes las ofendían.

Como ves, Cumbres Borrascosas y Jane Eyre se imbrican en un sistema de creencias que se articula a través de un lenguaje muy deliberado por parte de las Brontë, que trae consigo una tradición a la que no era ajena la audiencia de su tiempo. Al compararlo con las traducciones castellanas en las que las he leído, muy clásicas, quizá del Círculo de Lectores, me he quedado de pasta de boniato en algunos momentos.

Algun caso es comprensible. Por ejemplo, que la deshumanización de Heathcliff aparezca en detalles gramaticales de difícil traslación. Nelly no lo describe en el original inglés como he sino como it, el pronombre neutro para lo no humano. Solo cambiará el pronombre con el que se refiere a él una vez Heathcliff haya sido bautizado. La sintaxis castellana borra la señal más temprana de que Heathcliff no es tratado como humano desde el mismo momento en que aparece.

Mucho peor es el caso del término “changeling”, el niño cambiado, la criatura que las hadas dejan en lugar del niño que se llevan.

En la apertura de la novela, el viajero Lockwood llega a Cumbres Borrascosas y se asusta de lo que allí encuentra, una casa “encantada”, llena de “ghosts and goblins”, y describe a la difunta Catherine “She must have been a changeling, wicked little soul!”,que en mi traducción se convirtió en «Debó de ser bien tonta y bastante mala pieza.» Lo mismo pasa cuando más adelante Nelly describe a Linton como un “pitiful changeling”, que en mi traducción se tradujo como «miserable idiota». En los dos casos, un término fundamental del folklore feérico se convierte en un insulto sin historia.

Lo mismo ocurre con las referencias musicales. Nelly elige como canción de cuna para Hareton la balada The Ghaist’s Warning. En inglés:

«It was far in the night, and the bairnies grat; / The mither beneath the mools heard that.»

En la traducción castellana:

«Debajo del piso los ratones oían; a los niños llorando a medianoche.»

Con lo que se pierde que la balada describe a un grupo de niños maltratados por su madrastra después de la muerte de su madre biológica; la madre muerta se levanta de la tumba para advertir contra ese maltrato. 

Estos problemas de traducción se repiten en Jane Eyre, donde Rochester se refiere a Jane como “elf, fairy, sprite, witch,” cuatro ejemplos del elenco europeo de seres sobrenaturales que en castellano se quedan en «monigote desvergonzado», «duende insoportable», «cabeza de chorlito» y «bruja», el único que mantiene algo del registro original.

Cuando Jane le responde a Rochester muy ofendida «Dice usted que yo soy un hada, y yo le aseguro que usted sí que es un ogro», en el original ella utiliza brownie, no ogre. Un brownie es una criatura específica del folklore escocés e inglés, pequeña, arrugada, peluda, grotesca, sin nariz definida ni dedos separados. «Ogro» lo aplana. Jane está insultando a Rochester leyéndolo en la misma clave folclórica en la que él la lee a ella.

En todos estos casos el patrón es el mismo: el término folclórico se sustituye por algo funcionalmente equivalente en el nivel del insulto o de la emoción, pero fuera del sistema de creencias sobre el que se construyen Jane Eyre y Cumbres Borrascosas, neutralizando así la carga sobrenatural con la que los hispanohablantes accedemos a estas novelas, haciéndolas parecer más góticas que numinosas.

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