JD Vance lleva unos días terribles. A nuestro follasofás favorito lo ha abucheado su propio público, ha hecho el ridículo metiéndose con el papa y ha fracasado estrepitosamente en las negociaciones con Irán. Pero quizá no te acuerdes de que la semana anterior había dicho tan tranquilamente que cree en los ovnis y que está obsesionado con la idea de que estos sean demonios. Es difícil encontrar un ejemplo mejor del concepto que Jensine Andresen llama hiperconvergencia: la fusión de religión, política y ufología en un sistema de creencias que se refuerzan mutuamente.

La hiperconvergencia describe bastante bien un momento cultural en el que categorías que antes estaban separadas se mezclan hasta volverse indistinguibles. Andresen identifica que este fenómeno es el resultado de la confluencia de tres corrientes: la ufología que habla de entidades interdimensionales malvadas, el evangelismo fundamentalista con su creencia literal en demonios, y un lobby político que busca instrumentalizarlas.

El 26 de julio de 2023. Ese fue el momento en que la demonología entró literalmente en el Congreso de EEUU . En una comparecencia, el congresista Tim Burchett se refirió al supuesto encubrimiento gubernamental de Lo OVNI diciendo “El demonio se ha interpuesto en nuestro camino”, para a continuación señalar al Departamento de Defensa y a la comunidad de inteligencia como instrumentos del diablo:

Así es. El Estado profundo es el diablo, los ovnis su herramienta y conseguir la revelación (disclosure) es una batalla espiritual.

La hiperconvergencia permite variantes: En la secular-parapsicológica, los demonios son extraterrestres que se adaptan a nuestras expectativas culturales. En la variante evangélica, los extraterrestres son demonios. El resultado es el mismo, un colapso de categorías.

Este proceso se desarrolla en un ambiente cultural muy concreto, el de la “guerra espiritual”, punto central de la Tercera Ola de movimiento evangélico tuneado en clave ufológica: Combatimos contra alien-demonios. Predicadores, podcasters y apologetas vestidos de científicos están construyendo un discurso que reinterpreta las experiencias ovnis de toda la vida como ataques demónicos. Las abducciones son episodios de posesión, no encuentros con entidades cósmicas.

Si esto te suena, seguramente es porque viste aquella película con Milla Jovovich supuestamente basada en hechos reales, mucho mejor que el documental Alien Intrusion (2018) que a los pocos minutos deja claro su naturaleza como artefacto teológico. Para que no lo tengas que ver, te lo cuento.

Su argumento es astuto, lo reconozco. Primero, se descarta la posibilidad de extraterrestres físicos por razones “científicas” (las distancias intergalácticas son demasiado grandes). Luego, acepta la realidad de los llamados encuentros cercanos (avistamientos, abducciones), apoyándose explícitamente en la tradición ufológica de John Keel, Hynek o Vallée, que planteaba que las entidades responsables de esos encuentros no son necesariamente extraterrestres físicos, sino fenómenos que adoptan las expectativas culturales del observador. Y finalmente, te propone la explicación: OVNI = demonio engañador.

Este giro que abraza por un lado el discurso científico y por otro la ufología pura sangre consigue dos cosas. Primero, que lo que lo que esta última había secularizado regrese al seno de la teología; según Alien Intrusion, la ufología no contradice la demonología, sino que la confirma. Segundo, resuelve un problema teológico. La existencia de vida inteligente fuera de la Tierra complica la vida al creacionismo. Si los alienígenas son en realidad demonios, el problema desaparece. La humanidad sigue teniendo un papel central en el universo, que continúa siendo un sistema cerrado bajo tutela divina.

La consecuencia de la hiperconvergencia es la emergencia de una nueva forma de control. Hablar de demonios define una amenaza invisible, crea la necesidad de especialistas que puedan gestionarla, especialistas que acumulan recursos y autoridad.

Cuando este lenguaje demonológico entra en circulación y una parte significativa de la población está ya activada a través de documentales, podcasts y artículos, el marco narrativo se completa: guerra espiritual, enemigo invisible, pánico moral.

Aquí es donde la hiperconvergencia conecta con otro fenómeno, descrito por Whitney Phillips: el izquierdista como demonio. Un mal difuso, omnipresente, y difícil de identificar, pero percibido como amenaza existencial.

De nuevo, esta figura ya estaba presente en el anticomunismo evangélico de la Guerra Fria, que fusionaba todo lo que oliera a Estado, a lo comunitario o a la redistribución en una única encarnación del mal. Hoy ya no hace falta mentar al diablo, pero la idea sigue funcionando. Cualquiera puede convertirse en un demonio izquierdista. Un enemigo que, curiosamente, es a la vez débil (snowflakes, soy boys, el hombre blandengue) y omnipotente, ridículo y peligrosísimo.

A diferencia de otras formas de odio más delimitadas, aquí el campo de definición del enemigo puede expandirse indefinidamente. Cualquiera puede ser un demonio. Que lo seas no depende de rasgos visibles y objetivos sino de la sospecha. Ahí cabes tú, Marjorie Taylor Green y cabe el papa.

La demonología proporciona una estructura cognitiva y emocional. La ufología aporta el vocabulario. La política las traduce en actos.

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